
Morena trazó hace apenas unas semanas la hoja de ruta interna con la que pretende llegar ordenado a las elecciones de 2027. El mensaje fue claro desde el Consejo Nacional: evitar adelantamientos, frenar la promoción personalizada y garantizar un “piso parejo” entre aspirantes bajo los principios de austeridad y disciplina partidista.
El acuerdo no solo quedó en lo discursivo. También se estableció un calendario escalonado para la definición de candidaturas: primero las gubernaturas, a partir de junio, y posteriormente diputaciones y alcaldías hacia septiembre. La intención, al menos en el papel, era clara: contener la efervescencia política y evitar que la contienda interna se desbordara antes de tiempo.
Sin embargo, la realidad parece ir por otro camino.
Apenas días después de fijadas las reglas, distintos perfiles del propio partido comenzaron a desplegar estrategias que, sin declararse abiertamente como actos de campaña, operan en los hechos como mecanismos de posicionamiento anticipado. Una dinámica que no solo tensiona los lineamientos internos, sino que exhibe la dificultad de Morena para contener a sus propios cuadros en un momento clave de definición política.
El caso más visible es el de la senadora Andrea Chávez. Su estrategia de acercamiento social mediante unidades médicas y apoyos de salud en Chihuahua desató críticas por su evidente impacto en el posicionamiento de su imagen. Aunque la narrativa oficial ha sido la de una labor social, el tema escaló rápidamente hasta convertirse en un asunto de debate nacional.
La reacción no tardó en llegar. Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó un mensaje directo: respetar los tiempos y evitar adelantarse al proceso electoral. Una llamada de atención que, más allá de lo institucional, evidenció que el tema ya generaba incomodidad dentro del propio movimiento.
Pero Chihuahua no es un caso aislado.
En Baja California, la senadora Julieta Ramírez ha incrementado su presencia pública mediante la colocación de bardas en ciudades como Mexicali y Ensenada, con mensajes que buscan posicionar su nombre entre el electorado. A ello se suman jornadas de servicios y entrega de apoyos en Tijuana, acciones que han sido interpretadas por sus críticos como parte de una estrategia de promoción política anticipada.
En Guerrero, la senadora Beatriz Mojica también ha sido objeto de cuestionamientos. La entrega de balones personalizados y otras acciones comunitarias, aunque justificadas como apoyo social, han sido señaladas por distintos actores como posibles mecanismos de construcción de imagen rumbo a futuros procesos electorales.
El patrón se repite en otras entidades. En Quintana Roo, el nombre de Rafael Marín Mollinedo ha comenzado a sonar con fuerza. Las versiones sobre la entrega de bienes —que van desde motocicletas hasta electrodomésticos— apuntan, según versiones locales, a una estrategia de posicionamiento con miras a una eventual candidatura.
En todos estos casos hay un elemento común: la línea entre gestión, apoyo social y promoción política se vuelve cada vez más difusa.
Desde el discurso oficial, Morena insiste en la necesidad de mantener la calma. “Hay que estar tranquilos para 2027, aún falta mucho… no coman ansias”, reiteró la presidenta en una de sus conferencias matutinas. Sin embargo, el llamado contrasta con la velocidad a la que algunos perfiles han comenzado a moverse en el territorio.
La Ciudad de México tampoco es ajena a esta dinámica.
En Tlalpan —territorio emblemático dentro del obradorismo— ha comenzado a ganar visibilidad Pedro Haces Lago. Su presencia se ha fortalecido a través de eventos masivos, jornadas comunitarias, la promoción de su libro y la difusión de su imagen en bardas y unidades de transporte. Acciones que, en conjunto, apuntan a la construcción de una base territorial en la antesala del proceso electoral.
A este escenario se suma el diputado Arturo Ávila, quien ha manifestado abiertamente su interés por competir tanto por la gubernatura de Aguascalientes como por la alcaldía Cuauhtémoc en la capital del país. La declaración no es menor: refleja una lógica política en la que el cargo parece secundario frente a la oportunidad de competir, independientemente de las particularidades territoriales o del vínculo con el electorado.
En el fondo, lo que se observa es una tensión natural dentro de un partido que, tras consolidarse como la principal fuerza política del país, enfrenta ahora el reto de administrar su propio crecimiento.
Morena ya no compite solo contra la oposición; también compite consigo mismo.
Mientras la dirigencia intenta imponer orden, los aspirantes aceleran. Mientras se habla de austeridad, algunos perfiles despliegan estructuras de promoción. Y mientras se pide respetar los tiempos, el reloj político parece avanzar más rápido en los hechos que en los acuerdos.
El riesgo es claro: que las reglas internas pierdan fuerza antes siquiera de ser puestas a prueba en un proceso formal.
Porque si algo deja ver este arranque adelantado, es que rumbo a 2027 la disputa no solo será externa. También se jugará —y quizá con mayor intensidad— dentro de Morena.





